LONDRES — A lo largo de sus más de seis décadas en la cultura pop, James Bond ha conducido los coches más veloces, ha usado los artefactos más extravagantes y ha recorrido el mundo entero. Sin embargo, hay un elemento cotidiano que el icónico espía británico tiene estrictamente prohibido poseer: un perro.
La razón no tiene que ver con las regulaciones del MI6 ni con su peligroso estilo de vida, sino con una profunda aversión personal de su creador. Ian Fleming, autor de las novelas de 007, odiaba a los perros, y los responsables de gestionar su legado se aseguran de que la norma se respete a rajatabla en cualquier obra nueva.
La Anécdota del «Joven Bond»
El escritor Charlie Higson, autor de cinco novelas de la serie «Young Bond» (que narra las aventuras del espía en su adolescencia), vivió esta censura canina en primera persona. Durante la creación de su primer libro decidió que el joven protagonista debía tener una mascota fiel, pero el equipo detrás de los derechos de Fleming intervino rápidamente. «Pensé que debía tener un perro, pero me dijeron: "No, Ian odiaba los perros". Así que tuve que eliminarlo», confesó. Con el tiempo, Higson admitió que fue una buena decisión: el animal apenas tenía papel y solo habría estorbado a la trama de acción.
El Casting del Próximo 007: el Problema de la Fama
Mientras las reglas literarias se mantienen firmes, el futuro cinematográfico de Bond sigue acaparando titulares. La búsqueda del sucesor de Daniel Craig continúa, con tres jóvenes muy cotizados como favoritos: Callum Turner («Los amos del aire»), Harris Dickinson («El triángulo de la tristeza») y Jacob Elordi («Euphoria»).
Sin embargo, estos fichajes podrían chocar con la filosofía de la franquicia. Debbie McWilliams, histórica directora de casting de la saga, ha señalado que estos candidatos tienen un gran problema: son demasiado famosos. Para ella, la esencia de 007 reside en el enigma —el personaje debe seguir siendo un misterio en pantalla—, por lo que el elegido debería ser alguien relativamente desconocido antes de enfundarse el esmoquin. Es la fórmula que funcionó con Timothy Dalton, Pierce Brosnan y, en gran medida, Daniel Craig, cuyas carreras despegaron tras obtener la licencia para matar.